La huella francesa en Santiago de Cuba.

cafetal frances
Cafetal francés del siglo XIX
Santiago de Cuba

Tras la revolución de Haití de 1791 muchos colonos franceses y sus dotaciones de esclavos se refugian en la parte oriental de la isla en las provincias de Guantánamo y Santiago de Cuba, trayendo estos consigo significativos beneficios para la región oriental.

El primer flujo de inmigración, de los cuatro que se registran, tuvo una magnitud significativa entre 1800 y 1809, se estima llegaron a la zona oriental del país, Baracoa y Santiago de Cuba, más de 20 mil individuos de todas las clases sociales, siendo el período Junio – Agosto de 1803, el más prolifero, conocido como el gran éxodo, donde el gobernador de la región Coronel Sebastián Kindelán, registra en una de sus escrituras el arribo de 19306 individuos en 344 embarcaciones al puerto de Santiago de Cuba.

La villa sintió pronto todo el impacto de la presencia francesa, la ciudad comenzó a emerger con un brillo propio nunca antes visto, los franceses eran gente industriosa y trabajadora de diferentes profesiones, comerciantes, hacendados, militares, empleados, artistas, filibusteros, etc.

El comercio portuario, legal e ilegal primeramente floreció, luego la aplicación de la economía de plantación en la zona. El sistema de plantación comenzó a cambiar el aspecto de la zona, surgiendo carreteras, caminos, el puerto comienza a cobrar vida, el desarrollo se alzaba impactando las esferas de la ciudad y el campo.

En la ciudad el comercio se desarrolló aceleradamente, un gran número de franceses abrió comercios que perduraron durante varias generaciones, se introdujeron adelantos científico técnicos, entre los que se destaca la caficultura. En el ámbito urbano son la cultura y el comercio los elementos más significativos que trascienden a la población residente.

En el aspecto comercial y económico dejaron una importante huella, ya que en el periodo de 1800 a 1868, se registran solo en el territorio santiaguero 260 sociedades económicas con participación de capital francés.

Durante este proceso migratorio se producen dos tipos de asentamientos en la región, a escala urbana contribuyeron los franceses a la densificación de la trama en los diferentes barrios de la ciudad, el resultado de este fenómeno fue la urbanización de la zona alta de la ciudad, consolidándose el barrio francés el Tivolí, no incidiendo directamente en forma brusca en la arquitectura que se venía desarrollando en la ciudad. El mayor impacto social se apreció en la cultura.

El Tivoli.

barrio el tivoli
Barrio El Tivolí
Santiago de Cuba
barrio el tivoli
Barrio El Tivolí
Santiago de Cuba

Barriada de la ciudad de Santiago de Cuba que funde en sí misma los sincretismos culturales e intercambios étnicos de la nacionalidad cubana. Tuvo un impulso urbanístico al calor de la migración francesa posterior a la revolución Haitiana a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Pertenece a la memoria francesa en esta urbe sur oriental.

En la primera mitad del siglo XVIII, los franceses construyeron un Café Concert con capacidad para más de 300 personas al que llamaron Le Tivolí, pero después el vocablo se "aplatanó a lo santiaguero" como El Tivolí. Y tuvo tanta fuerza que en pocos años se transformó en pertenencia de Santiago de Cuba. Con los franceses, este barrio alto constituyó un símbolo en el devenir de la localidad.

Desde él se domina la bahía y una buena parte de las montañas. Sus calles desembocan a la Trocha, vía famosa y popular por las fiestas carnavalescas. La escalinata de Padre Pico, la calle escalonada más famosa de Cuba, le da entrada por el centro a la pintoresca barriada, construida en la loma de Corbacho, nombre que hace honor a un gallego comerciante en las inmediaciones del lugar.

Fue en el Tivolí donde nació el popular carnaval santiaguero, y donde por primera vez se escucho la corneta china, instrumento distintivo de la conga santiaguera. Aún se conservan las manifestaciones de la tumba francesa, un baile adaptado por los negros que recuerdan los famosos salones de París, ya tamizados por el tambor y otros instrumentos típicamente africanos que serán explicados más adelante.

Arquitectura.

barrio el tivoli
Barrio El Tivolí
Santiago de Cuba
loma de los desamparados
Loma de los Desamparados
Santiago de Cuba

Su trazado tiene muchas peculiaridades que lo tipifican: las casas en alto que miran al mar, las cuales parecen nidos de águila, al decir del Doctor Francisco Prats; sus callejones y lomas. Una de las más empinadas es la de los Desamparados que en su cima se levanta la iglesia del mismo nombre.

Las rejas de hierro forjado al estilo del sudoeste francés en balcones y ventanas sustituyeron a los barrotes y balaustres de madera. Esta arquitectura de fachadas con un conjunto de rombos y en S se considera de la más típica del país, con corredores y colgadizos.

Entre los aportes del barrio en esa etapa, se encuentran las casas de salud con enfermeras y médicos, escuelas primarias, algunas bilingües y academias para jovencitas; panaderías y dulcerías con magníficos reposteros. Espacio donde se mostró el refinamiento de la cultura francesa, acriollada al ambiente santiaguero y a la usanza española.

Modus vivendi.

sala
Sala de casa francesa, siglo XIX
Santiago de Cuba

Los recién llegados, en su mayoría hombres de una cultura notable, portadores de un marco de referencia cultural y político distinto del existente en la capital del Departamento Oriental, fomentaron una pujante colonia que sirvió como catalizador del proceso, pues transformarían en parte la infraestructura de la ciudad y sobre todo de su región cercana, trastocarían su vida cotidiana y contribuirían al desarrollo económico y al despertar social y cultural de esta zona, en lo adelante original, de la gran isla del Caribe.

Su modus vivendi y sus gustos produjeron admiración en la mayoría de los miembros de la sociedad santiaguera y, como todo lo que se admira tiende a imitarse, con cierta rapidez se impusieron modas y gustos que se aclimataron, como una práctica legítima donde los receptores, consciente o inconscientemente, interpretaron y adaptaron ideas y costumbres. El destacado intelectual José Antonio Portuondo aseveraba que se impuso un "[...] ambiente de refinada cortesía que fue desbravando la parda adustez de la colonia y fue naciendo en el ánimo propicio del criollo una manera más alta de sensual refinamiento.

Efectivamente, todo ello consolidó una ciudad con un nuevo carácter, de perfiles más modernos. Y fue dentro de esa trama urbana donde se desarrollaron las construcciones domésticas que, al igual que el resto de las edificaciones santiagueras, se adecuaron a las condiciones topográficas, climáticas y sísmicas de la zona, mostrando cuatro variantes tipológicas de fachadas: simple, colgadizo, corredor y balconaje. Estas mansiones fueron portadoras del poder económico adquirido por los grupos sociales preeminentes, quienes para su edificación escogieron las zonas de mayor cualificación urbana que les diera prestigio y diferenciara como clase social.

La imagen estilística de estas construcciones domésticas quedó signada por el neoclasicismo que, como el resto de los estilos de la época colonial, fue reinterpretado con sapiencia popular, y debe buscarse esencialmente en las soluciones decorativas interiores y exteriores. Sus expresiones más claras fueron el aumento del puntal, con lo cual las edificaciones ganaron en esbeltez y suntuosidad; en la carpintería constructiva y decorativa de puertas, ventanas, elementos divisorios y pies derechos; en la herrería, los detalles ornamentales de fachadas y pisos. Se ampliaron sus espacios interiores con el fin de dar respuesta a las diferentes actividades sociales desplegadas en la etapa: bailes, tertulias, banquetes, conciertos, y por ende se explaya toda una intención decorativa en techos, paredes y pisos, así como en el mobiliario.

Estos detalles se evidencian con particularidad en la sala, donde se desbordaba la fastuosidad de la casa al ser el espacio que mejor expresaba el nivel alcanzado por la familia en la pirámide social.

En tanto, esa alta sociedad, informada por medio de los viajes y la lectura de los cambios que ocurrían en el viejo continente, mostró en el paso al siglo XIX una predisposición a mejorar los ambientes de sus residencias. Se potenciaron nuevas costumbres y la exigencia de normas higiénicas permitió el surgimiento de muebles que formaron parte de los usos cotidianos. Así, "la gente recibía a los visitantes en la sala, los caballeros tenían sus estudios, las damas sus tocadores, el sitio donde se dormía ya no era simplemente una "habitación", ahora era una 'cámara'. Esa severa ordenación racional burguesa de la que habla Roger Henri-Guerrand determinó que la vivienda tuviera una nueva organización planimétrica, distribuida en tres grandes zonas: un espacio público de representación -la sala, la saleta y el comedor- en el que las determinantes espaciales, junto con el mobiliario, se encargaban de demostrar la posición económica y social de los moradores; uno privado para la intimidad familiar vinculado a la alcoba, el cuarto de estar y el cuarto de tocador; y finalmente los espacios excusados.

En la vivienda el patio funcionaba como el conformador planimétrico, rodeado por una o varias galerías hacia donde daban las habitaciones. Garantizaba la iluminación de los diferentes espacios y la recogida de las aguas pluviales que eran almacenadas en grandes aljibes con hermosos brocales, algunos enchapados en mármoles con detalles decorativos de gran calidad. En sus pescantes de hierro forjado pueden distinguirse elementos decorativos neoclásicos, testimonio de la destreza lograda por los herreros locales. El verdor de esta zona era aportado por árboles frutales y plantas ornamentales.

La proliferación de muebles y la decoración, donde se hacía evidente el gusto por objetos refinados, fue la respuesta al aumento de actividades desarrolladas dentro de la casa y a la bonanza económica experimentada en esa época. La inserción de la emigración francesa -desde fines del siglo XVIII- y su influjo cultural en el mundo cotidiano local funcionó, además, como elemento catalizador de ese proceso transformador, aun cuando tuvo que adaptar ciertos modos de vida a las especificidades de la región, legando más bien el espíritu vital de su cultura y el concepto del tratamiento de los espacios.

Otros datos de Interés.

museo de la lucha clandestina
Museo de la Lucha Clandestina
Santiago de Cuba

La barriada del Tivolí posee entre sus atractivos: el Museo de la Lucha Clandestina, en homenaje a los combatientes santiagueros que recibieron en ese lugar el apoyo y la solidaridad durante la guerra contra la dictadura de Fulgencio Batista (1952- 1959), y la humilde casa en que vivió entre 1931 y 1933 el líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro, cuando estudiaba en Santiago de Cuba.

El Tivolí vio nacer a José Pepe Sánchez, autor del primer bolero, Miguel Matamoros, Antonio Ñico Saquito y más reciente al Pintor Miguel Ángel Botalín. No le faltaba razón a Francisco Repilado, el célebre Compay Segundo, al decir que el Tivolí es un crisol donde se gestó la Guerra de Independencia Nacional y nacieron el Son, el Carnaval y la corneta china.


Los cafetales.

cafetal frances
Cafetal francés del siglo XIX
Santiago de Cuba

La zona rural que rodea la ciudad no escapa al influjo ejercido por los franceses, es aquí donde se forja la riqueza que impactara a la ciudad, fue en las montañas de la Sierra Maestra donde comenzó la revolución económica que contribuyó al desarrollo de Santiago de Cuba a principios del siglo XIX con el fomento de la plantación cafetalera, como principal exponente de la economía plantacionista, que mantenía los ideales esclavistas para su funcionamiento. Se registran 84 plantaciones caficultoras en los alrededores de la ciudad utilizando las propicias condiciones geográficas de la Sierra Maestra.

El cafetal francés constituyó la génesis del fenómeno que provocó la eclosión de Santiago de Cuba en el siglo XIX, el que trazó las pautas para transformar las intrincadas montañas en paradisíacos lugares. Después de los ingenios, los cafetales son los establecimientos más importantes de Cuba, aventajando los segundos a los primeros en su hermosa apariencia y cuidada labor.


cafetal frances
Cafetal francés del siglo XIX, ruinas
Santiago de Cuba
cafetal frances
Cafetal francés del siglo XIX, molino
Santiago de Cuba

Por varias referencias de la época y con el análisis de las evidencias arquitectónicas que han llegado a la actualidad, puede asegurarse que las haciendas cafetaleras constituyeron monumentos de la ingeniería hidráulica, vial, de la arquitectura doméstica y productiva, que revelan la maestría de los ingenieros, alarifes, carpinteros y mano de obra esclava.

Las ruinas de los cafetales de los siglos XIX y principios del XX en el sudeste de Cuba son un testimonio único y elocuente de una forma de explotación agrícola en un monte virgen, las huellas de estos han desaparecido en el mundo. La producción de café en el sudeste de Cuba durante el siglo XIX y comienzos del XX tuvo como resultado la creación de un paisaje cultural único, ejemplificando una etapa significativa en el desarrollo de este sistema de agricultura.

Esta decisión constituyó un reconocimiento de la humanidad a las evidencias de una cultura y de una forma económica singulares que incidieron no solo en las montañas orientales, sino también en la estructura de toda la sociedad de la región en la época. La alta distinción mundial contempla un territorio de 81 475 hectáreas con un área de protección de 35 900 ha, que representa parte de las provincias de Santiago de Cuba y Guantánamo, existen 171 testimonios de las antiguas haciendas cafetaleras en diferentes estados de conservación, de los cuales 139 se ubican en la primera provincia mencionada y 32 en la segunda.

Es importante destacar que en el vasto territorio santiaguero estos antiguos cafetales están en distintos estados de conservación.

cafetal frances
Cafetal francés del siglo XIX, casa
Santiago de Cuba

Todos presentan singularidades especiales del sistema habitacional y/o productivo, destacándose unos de otros, precisamente por el valor exclusivo de lo que conserva cada cual. Aparecen, muchas veces, en medio de intrincada maleza, asombrosas jardinerías con muretes recreando variadas formas geométricas (San Juan de Escocia), numerosas arcadas que sostienen a distintas alturas, el acueducto que transportaba el agua hacia diferentes zonas de producción o a la vivienda (San Luis de Jaca, Fraternidad, La Idalia), hornos de cal (El Olimpo, San Luis de Jaca, La Isabelica), amplios secaderos que se extienden en terrazas (San Juan de Escocia, Visitación, La Idalia, Fraternidad), trazados de acueductos adaptados a la topografía, que son verdaderas obras de ingeniería (Tres Arroyos, Fraternidad); casas de vivienda y casa-almacén (Fraternidad, La Isabelica, San Sebastián, Ti Arriba), tahonas, casas de café, etc.


La Tumba Francesa. Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

tumba francesa, baile
Baile Tumba Francesa
Santiago de Cuba

Ya establecidos en la parte de oriental de Cuba y con la experiencia de la Revolución haitiana, los señores comenzaron a cuidarse seriamente de las posibles sublevaciones. Así redujeron los castigos corporales más severos y comenzaron a dar espacio a ciertos festejos de acuerdo a las tradiciones francohaitianas. Igualmente les permitieron a algunos esclavos «comprar su libertad». Estos descendientes de esclavos africanos o afrohaitianos, que se convertían en libres, fueron formando cabildos o asociaciones de ayuda mutua, y lograron una cierta autonomía de los colonialistas españoles.

La estructura de estas asociaciones recordaba a las cortes de la Península, encontrándose en ellas reyes, barones, condesas y vasallos.

El 24 de febrero 1862, surge la Sociedad de Tumba Francesa, con el nombre de Lafayette, en honor al general francés. Esta no fue, sin embargo, la única asociación creada por estos años. Otras agrupaciones de esclavos también se habían agrupado como las de los Vennet y Danger, un apellido que sobrevivirá como tradición permanente en las sucesivas generaciones.

Tumba es una voz conga que significa «jolgorio o fiesta» en términos de lengua bantú. Existe el término Tambú del francés Tambeur. En Cuba se entiende por Tumba, la unión de tambores, bailes y cantos, dándole el matiz refinado de los negros franceses.

tumba francesa
Tumba Francesa
Santiago de Cuba
tumba francesa
Tumba Francesa, baile
Santiago de Cuba

La Tumba resultó a la larga, una gran mixtura cultural, de base en las tradiciones haitianas, el folklore urbano que había tomado elementos de las viejas costumbres francesas, y la asimilación del acento rítmico proveniente de instrumentos africanos.

La Tumba Francesa llega a hasta nuestros días, como la expresión músico-danzaría más antigua e importante de la cultura cubana, que ha influido directa o indirectamente sobre otras manifestaciones artísticas surgidas con posterioridad. La misma se conserva a través de la herencia familiar, preservada y trasmitida como auténtico tesoro de generación en generación, siendo reconocida por la UNESCO como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

Volviendo a los orígenes de la Tumba hay que destacar que al principio, los franceses se admiraron de que «sus negros» imitaran la pompa de los bailes de la corte de Versalles y poco a poco fueron «ayudándolos» con trajes elegantes, chales finos, pañuelos de seda, batones de hilo y encajes, collares y aretes. El lenguaje utilizado era el francés haitiano (patois o créole). Luego, en libertad, todo ese sustrato, empezó a formar parte del universo de la Tumba, con una distinción especial.

Igualmente hay que significar que a la Tumba Francesa se integraron patriotas de primera magnitud que lucharon contra el yugo español por la independencia de Cuba. Entre ellos se destacan Antonio Maceo, Quintín Banderas y Guillermón Moncada.

Otros datos de Interés.

La Caridad de Oriente llega al presente con sus tres grandes tambores o tumbas originales: un tambor premier, mamier o primer bulá, de sonido grave, agudo y como tambor principal; a su tocador se le identifica como mamamier y los otros dos secundarios los second o segundos bulá, conocidos además, por arcend, de tamaño más pequeño, a cuyos tocadores se les conoce como secondier o bulayer para los toques complementarios. Así mismo, utilizan una tambora o requinto, colgada al cuello y tocada por un bolillo para los toques del ritmo mazón y tahona o tajona, con que ganan las plazas del carnaval santiaguero. Cada uno de estos tambores fue confeccionado con madera recia y piel de chivo curtida. Del mismo modo que la percusión de las tumbas francesas va acompañada del catá o cataje, como instrumento básico de sonido penetrante y guía del ritmo, elaborado a partir de un tronco de madera recia, ahuecado al centro e interpretado por un par de palos o bolillos, también de madera. A su tocador se le conoce como catayer. Consuelo Venet Danger -Tecla-, nieta de esclavos, legó a esta sociedad la particularidad de que el catá pudiera ser interpretado por féminas. Para dar una mayor sonoridad y colorido a la orquesta y coro son utilizados preferentemente por mujeres, los chachá o marugas; confeccionados con metales blandos que se visten con cintas de diversos colores para su decoración.

tumba francesa
Tumba Francesa, baile
Santiago de Cuba

Entre los toques y bailes de tumbas francesas predominan los ritmos y coreografías del masón y el yubá, en este último se sitúan antecedentes del guaguancó y la rumba cubana. Para los cantos se destacan los miembros del coro y como principal figura el composé quien improvisa al compás de los toques. Para La Caridad de Oriente este legado fue tributario de la inolvidable Gaudiosa Venet Danger -Yoya-, hija de Tecla y heredera de la presidencia de la sociedad que su madre le trasmitió. A ella, se le reconoce el mérito de componer muchos de los cantos de tumbas francesas que en la actualidad se escuchan en el país.

Hasta nuestros días, los cantos son interpretados en creole y español, con una enérgica fonética africana cargada de vocablos franceses, que identifican tradicionalmente el profundo sentido epopéyico, de rebeldía, identidad, lirismo, dramatismo y sátira de sus miembros.

Del mismo modo, llega al presente la tradición de que las mujeres vistan las elegantes batas de cola y corte princesa, con la cabeza adornada con pañuelos de atractivos colores conocidos como duván y sus hombros estén cubiertos por chales. Esta sociedad posee dos auténticos chales de seda y un collar de piedras de cristal de roca utilizado por la primera reina de la tumba Lafayette. Los hombres, por su parte, demuestran distinción al usar los broches en los lazos al cuello, las camisas de mangas largas almidonadas, chalecos, frac o guayaberas, pantalones de corte francés y calzado de pieles cerrados y con tacones que sustituyeron a las alpargatas esclavas. Todos estos atuendos, los diferenciaron del resto de los cabildos negros en Cuba.

Aún conservan la tradición culinaria de consumir platos como: el tasajo; aporreados de carnes; jigote; ajiaco; empanadillas; frituras de mariscos, especialmente de bacalao; harina de maíz salada y dulce; tubérculos hervidos, con mojo; congrí; bebidas como el ponche, aguardiente que no debe faltar nunca; otros rones cubanos, vinos y postres, muchos de los cuales son elaborados domésticamente por sus miembros.

tumba francesa
Tumba Francesa, baile
Santiago de Cuba

En la actualidad esta sociedad está presidida por Andrea Quiala Benet, sobrina materna de Yoya y con el legado de ser composé, y por Flavio Figuero Padilla, como presidente y percusionista, además de Sarah Quiala Benet, como mayor de plaza. Veintiocho son sus miembros, todos descendientes de esclavos franceses y la mayoría reside en la comunidad donde se encuentra enclavada la sociedad.

La Caridad de Oriente ostenta importantes reconocimientos como La Bandera de Ciudad Héroe, otorgada por la Asamblea Municipal del Poder Popular, el Premio Nacional de la Cultura Comunitaria 2000, Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, 3 de noviembre del 2003 y Premio Nacional Memoria Viva 2004. Se distingue además por su participación y reconocimiento a su labor en las XXV Ediciones del Festival de Caribe Fiesta del Fuego y la Jornada Cucalambeana, entre otras.

En esta sociedad tiene el Caribe un importante instrumento científico para el desarrollo de las ciencias sociales; por su consagración a los más auténticos valores y decidida contribución mediante la Casa del Caribe en Santiago de Cuba, a los programas educacionales sobre la cultura popular tradicional de la región. En la Tumba Francesa La Caridad de Oriente, junto a las otras dos - Pompadour y Bejuco se confirman la multiplicidad de las diversidades y singularidades de los tesoros humanos vivos, no solo de Cuba, sino también de la humanidad. Por sus valores excepcionales hemos de pronunciarnos en pro de su infinita continuidad, a partir de la transmisión generacional, de forma empírica y oral, de sus cantos, toques, bailes, fenómenos lingüísticos, culinarios y socioculturales, legados desde los finales del siglo XVIII y XIX y que la hacen merecedora del reconocimiento como grupo portador de la cultura popular tradicional cubana y universal.

Tras las huellas de Napoleón en Santiago de Cuba.

mascarilla de napoleón
Mascarilla de Napoleón
Santiago de Cuba

Es la narración de la vida de un ilustre desconocido, Francisco Antonmarchi (1789-1838), cuyo papel quedó grabado en la Historia por el hecho de haber visto expirar a Napoleón Bonaparte en la isla de Santa Elena y el de haber elegido la tierra de Cuba para descansar por la eternidad. Pues es aquí, en Santiago de Cuba, que los cubanos lo acogieron y cuidaron de sus mortales restos. Este hecho fue confirmado en el año 1994 por el doctor Antonio Cobo Abreu, especialista en Medicina legal de esa ciudad oriental, cuando, después de abrir el osario del panteón de la familia Portuondo, procedió a la identificación de los restos del difunto a partir de una caja rectangular de plomo de 70 por 40 centímetros.

¿Quién era el doctor Francisco Antonmarchi?

Nació en el pueblo de Morsiglia en Córcega, no muy lejos de Bastia (Cabo corso) el 5 de julio de 1789, año de la Revolución Francesa.

Después de haber cerrado los ojos de Napoleón en la isla de Santa Elena, se embarcó un buen día desde Nueva Orleans hacia La Habana y Santiago de Cuba donde su primo hermano, Antonio Benjamín, tenía un cafetal en El Cobre, y donde la muerte lo sorprendió el 3 de abril de 1838 a la edad de 49 años.

Con él trajo la mascarilla mortuoria del emperador que se exhibe en el Museo Napoleónico de la Habana, cabellos suyos, la mortaja e, incluso, sus memorias.

Falleció en la ciudad santiaguera, víctima de ese terrible vómito negro, enfermedad que había estudiado y siempre combatido, tanto como el cólera en Varsovia, París y Nueva Orleans, hasta Santiago de Cuba donde fue enterrado en el cementerio de Santa Ana, en la bóveda familiar del marqués de las Delicias del Tempú.

Este personaje, ciudadano del mundo y revolucionario de excepción, nos interpela inmediatamente no solo por su destino, sino por su audacia, su humanidad, su inmensa generosidad y desinterés para cuidar a ricos y pobres durante toda su vida, sin discriminación alguna, ya fuera en Florencia, Santa Elena, París, Varsovia, Nueva Orleans y, particularmente en Santiago de Cuba, donde curó y realizó la primera operación de catarata, pasando en esa ciudad oriental los momentos más felices de su vida, como solía decirlo a sus familiares.

Su destino fue fabuloso.

Después de haber recibido su título de Doctor en Filosofía y Medicina, a la edad de 19 años empezó una tesis sobre la catarata y fue nombrado, con veintitrés años, Doctor en Cirugía en la misma Universidad Imperial.

Es así como, a la edad de treinta años, ese joven doctor que se había convertido en uno de los más grandes cirujanos y anatomistas de su época, fue elegido por el Cardenal Fesh, tío de Napoleón, para asistir y curar al Emperador, ya enfermo y exiliado en Santa Elena, ese horrible peñasco azotado por los vientos.

Antonmarchi llegó en septiembre de 1819 a Longwood, residencia donde vivía el Emperador y su pequeñita corte, y se quedó allí para cuidarlo y compartir los últimos momentos de este personaje histórico, conversando con él, hablando con emotividad de su infancia y de su isla natal, Córcega, hasta su último suspiro el 5 de mayo de 1821, cuando tuvo el honor de cerrar sus ojos y de hacer su autopsia.

Pero fue precisamente después de la muerte del Emperador que empezaron por parte de sus contemporáneos las envidias y las cábalas dirigidas contra él. Inmediatamente su nombre fue ligado a ese angustioso enigma y a esas palabras que Napoleón le decía muy a menudo: "Muero prematuramente asesinado por la oligarquía inglesa y sus sicarios".

Algunos de sus detractores sospecharon de él, otros llegaron a reprocharle su incompetencia médica, acusándole de no haber podido devolverle la salud a su paciente. Más tarde, lo atacaron a propósito de la mascarilla mortuaria de Napoleón que había moldeado sobre su rostro, dos días después de su muerte, y cuya autenticidad se ha puesto muchas veces en tela de juicio.

Otro secreto, otro misterio, todavía más atractivo que rodea la personalidad de Antonmarchi tiene que ver con el fabuloso tesoro que poseía a la hora de su muerte: joyas, cuadros y recuerdos ofrecidos por el emperador y la familia imperial a su médico particular como agradecimiento por sus cuidados y su atención cotidiana durante el destierro. Por otro lado ¿qué fue lo que ocurrió con el mausoleo que encargó construir Napoleon III en memoria de Antonmarchi en el antiguo cementerio de Santa Ana de la ciudad de Santiago de Cuba? Un viajero francés, Hyppolite Piron, de paso por este cementerio en 1869, lo vio y leyó un largo epitafio con el nombre de Antonmarchi. El monumento, por lo que parece, era espléndido.

En la actualidad los restos de este ilustre personaje reposan casi a la entrada del cementerio Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, en la bóveda No. 116, propiedad de los Marqueses de las Delicias de Tempú.

La única verdad que nadie jamás ha podido poner en duda es que Francisco Antonmarchi fue el testigo principal de ese drama: la muerte del Emperador, ese Ogro y Salvador de quien el gran escritor francés Chateaubriand escribía en sus Memorias de ultratumba: "En vida perdió el mundo, pero muerto lo posee".

Por fin, después de tantos elogios, tantas mentiras o calumnias, viene la hora de rehabilitar hoy a este personaje extraño y secreto cuyo destino, aunque demasiado corto, fue muy excepcional. ¿Cómo este doctor, que interrumpió bruscamente su brillante carrera para seguir al Emperador exiliado sobre el pobre y feo peñasco de la Isla de Santa Elena, ha podido convertirse en el personaje más odiado o más querido de sus contemporáneos?

Sin embargo, nos alegramos de que, por una feliz casualidad, al pueblo cubano y a la tierra de esta Isla que lo acogió con tanto orgullo y cariño, les incumba resucitar hoy, a este último doctor de Napoleón, Francisco Antonmarchi, para sacarlo definitivamente del manto del olvido donde lamentablemente cayó.

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Autor: Delegación del MINTUR de Santiago de Cuba - Julio 30, 2013